gigantes pétreos que nos conducen a las puertas del
barranc de Malafí. Avanzamos por el barranc de
Malafí, con sus paredes calizas, dándonos cuenta de
que este paraje ha permanecido inalterado por la
acción del ser humano. El nombre de este barranco
evoca el hecho que marcó la historia de toda esta
zona: la expulsión de los moriscos en 1609. A lo largo
de su huida por el Barranc de Malafí (mal fin), los
moriscos que allí se adentraron fueron perdiendo
batallas y vidas hasta el total desastre ocurrido en el
Pla de Petracos. Continuando por el Barranc de Malafí
llegamos también al Pla de Petracos, un llano que
forma un bello paraje y en el que encontramos un
sorprendente conjunto de pinturas rupestres de
grandes dimensiones y gran singularidad que sus
descubridores bautizaron con la denominación de
“Arte Macroesquemático”. Una pequeña senda lleva
sin problemas hasta los ocho abrigos de los que
cinco presentan motivos pintados perfectamente
visibles. Las pinturas rupestres del Pla de Petracos
fueron descubiertas en 1980 por miembros del
Centre d'Estudis Contestans, de Cocentaina. En el
momento en el que fueron pintados el Pla de
Petrarcos debía de ser un santuario. Destaca la
representación de la figura del "orante", por su
tamaño y su posición centrada. Enfrente del mismo, a
unos metros de la pared rocosa, sobresale en el
terreno una gran piedra, que podría estar relacionada
con el significado de las representaciones pictóricas.
En otro abrigo, situado a la derecha del conjunto
anteriormente citado, se descubrió la figura de un
ciervo herido, que formaba parte de una escena de
caza de la que sólo se ha conservado la presa. Junto
a las figuras que representan a los "orantes" (que
llevan los brazos extendidos hacia arriba, y que a
profundamente arraigada en esta tierra que el
cristianismo intentó, sin éxito, borrar de nuestra
memoria. Difícil lo tuvieron en las Marinas, donde
bajo el nombre reconvertido de moriscos, modelaron
estos paisajes armónicos, entre la conquista cristiana
del siglo XIII y su expulsión definitiva recién iniciado
el siglo XVII. Antes de alcanzar la Vall d’Alcalà
descubriremos a nuestra izquierda el viejo poblado
morisco de L’Atzuvieta: sin lugar a dudas, el mejor
conservado de la zona. Llegados a la Vall d’Alcalà, nos
fijamos en la fuente de la plaza mayor, que muestra,
como caño, la boca de la esfinge de Al-Azraq. La Vall
d’Alcalà tuvo importancia como capital del feudo del
caudillo árabe Al-Azraq, el de los ojos azules, que
combatió durante años a Jaime I de Aragón, quien
consiguió finalmente desterrarlo después de firmar
un pacto de capitulación en 1275. Ni que decir tiene
que la topografía tan complicada y el aislamiento en
época medieval que todavía persiste en estos valles
interiores de La Marina fueron los elementos que
permitieron que esta lucha y resistencia se
prolongara lo largo de tanto tiempo. Desde La Vall
d’Alcalà, por la carretera CV-712, nos dirigiremos a la
Vall d’Ebo. Antes de llegar al municipio, a dos
kilómetros de éste, encontramos a mano izquierda la
cueva del Rull, descubierta en 1919 por el tío Rull y
que admite las visitas desde 1995. Esta cueva tiene
interesantes formaciones de estalactitas y
estalagmitas. El núcleo urbano de la Vall d’Ebo se
localiza en un fértil llano rodeado por el río Ebo. La
iglesia barroca del pueblo muestra la evolución de su
población de mano de los colonos mallorquines.
Otro punto para visitar es el museo etnológico que
se encuentra en el pueblo. En su término, y en época
morisca, había una serie de poblados de los cuales
sólo se conserva el nombre y algún resto menor:
Benicais, Serra, Benisuai, Millans, Cairola, Benesseit y
La Solana. Nos dirigimos ahora al Pla de Petrarcos por
un camino agrícola entre las sierras del Sireret y de la
Carrasca. Pasaremos por peñascos descomunales y
farallones que se elevan verticalmente como
Ruta 11
De Cocentaina a Calpe